Evangelizar no es sólo ni principalmente predicar la Buena Nueva del Evangelio, sino conseguir que la persona se convierta ella misma en Buena Nueva, en noticia jubilosa de que Cristo vive, haciendo así que Cristo resulte vivo, normal y cercano a los demás hombres de hoy.

En los Cursillos, desde los primeros momentos, queríamos encontrar el mejor método para ayudar al hombre a ir desde donde está -desde su realidad real- hasta su posibilidad posible.

1.- LOS CURSILLOS, CAUCE DE CONVERSIÓN

Estábamos y estamos persuadidos de que el hombre de hoy es en general un ser vitalmente próximo al Evangelio, pero que se cree a sí mismo muy alejado o bastante alejado de Cristo.

De ahí nuestra convicción inicial de que tenía que ser sencillo dar con las claves del proceso de identificación de esta persona con el Evangelio de Cristo, única clave que a su vez posibilita al hombre siempre sus mejores posibilidades.

Cuando comenzamos a defender nuestra esperanza de que un método breve e intenso, en apenas tres días, podría facilitar al hombre normal de nuestro tiempo que se apercibiera de que lo que buscaba era exactamente lo mismo que Cristo venía a anunciarle, los escépticos de siempre (que suelen ser tanto los sabios de Sión como las luminarias del siglo) nos decían – como lo siguen aún diciendo-, que estábamos locos si pensábamos que en tres días podía  conseguirse la conversión de los alejados. Nosotros sólo acertábamos a contestar a tales escépticos de dos formas posibles: una, repitiendo lo que un cursillista de los primeros cursillos -allá por 1950- dijo en la clausura de un cursillo aludiendo al mismo asunto:

“¡Como si el Espíritu Santo necesitara tres días para hacer maravillas! Le sobran dos días, veintitrés horas, cincuenta y nueve minutos y cincuenta y nueve segundos, que son los que nosotros necesitamos para darnos cuenta de que nos habla”. Así se expresaba al efecto el
sentido común desde el Evangelio. Y también procurábamos explicar evangélicamente desde el sentido común citando aquella luminosa expresión de Guardini, cuando dice que “cristiano no es algo que se es, sino algo que se va siendo”

.La conversión, en efecto, no es un acto, sino un proceso: Proceso que tiene una fase de búsqueda, un momento de encuentro, y una etapa o un conjunto de etapas en que el encuentro se patentiza, se perfecciona y se perenniza en la amistad.

2.- LA CONVERSIÓN, UN ENCUENTRO ANTES QUE UN CAMBIO

Para que el hombre “normal” de nuestro tiempo pueda acceder fácilmente al gozo de la Buena Nueva, creemos es suficiente con que pueda tomar conciencia de que su larga búsqueda -de felicidad, de amistad, de amor-, le facilita (es decir, le hace asequible y apetecible) el encuentro consigo mismo, con Cristo y con los demás.

Frente a esta concepción, que concretaríamos en afirmar que convertirse es encontrar el sentido, se levanta el prejuicio generalizado de que convertirse es cambiar.

Ambos enfoques tienen una raigambre muy profunda, histórica y teológica. San Pablo describe la entraña teologal de la conversión -de la “metanoia” -, como una secuencia con una fase de muerte del “hombre viejo” y una de alumbramiento del “hombre nuevo”, que es una
resurrección en y con Cristo Jesús. La lectura de esta espectacular imagen es tan variada y matizada como las personas y las épocas que en ella se proyectan.

En épocas en que la muerte es un referente primordial -quizá porque dominen las guerras o el hambre o esa otra muerte que es la dominación del hombre por el hombre-, las gentes han leído la espectacular imagen de Pablo en la clave de su entorno y han subrayado lo que la conversión supone de alejamiento de los parámetros en vigor, un cambio radical en el ser, el pensar y el comportarse del hombre.

En otras épocas -por desgracia más escasas en la historia-, en que el sentido vitalista ha impregnado más la vida del hombre, la conversión se ha visto más como resurrección, como plenificación de la propia realidad. Se era consciente de que el hombre nuevo es el mismo hombre viejo, transformado, completo, porque sabe de quién se ha fiado.

Una de las paradojas y singularidades de nuestra época es que a la vez las grandes guerras, el hambre de tantos y la comunicación noticiosa de lo terrible, mantienen patente el signo de la muerte, mientras el avance de la salud y de la técnica, y el brío de un mundo
sorprendentemente vivo y joven, configuran a la persona actual como un ser de esperanza y de futuro, -radicalmente afirmador de la vida.

Quizá por tanto, hasta ahora no ha sido posible, más que a unos pocos escogidos, captar la dualidad -la polaridad- de la imagen paulina en toda su riqueza. Pero hoy sí es posible que la persona vislumbre algo que le puede alejar radicalmente, de todo lo que de veras no le gusta.

Y este “algo” resulta que es Alguien -Cristo-, que le permite un encuentro verdadero con el mismo alguien que es uno mismo y que son los demás.

 

Pero por desgracia, aún son legión quienes nos hablan de la conversión como un cambio y una muerte; quienes sintonizan más en el grito del Antiguo Testamento ¡arrepentíos! ; son más aún que quienes sonríen en la certeza del Nuevo, diciéndonos que “buscad y encontraréis”.

Muchas veces hemos dicho que sería absurdo que un vendedor de automóviles de lujo pretendiera que le compráramos uno de sus coches, insistiendo sobre su alto precio y no sobre el gozo de disfrutarlo. Le suspenderían en cualquier curso de marketing. Pues así
también hemos confundido a menudo a los cristianos valor y precio, intentando el absurdo de que los alejados quisieran acercarse mientras les decíamos tan sólo lo que perderían en el intento.

La conversión genera un cambio, pero es un hecho radical -de fe- y no básicamente de criterios y conductas. Es mucho más una plenificación que un cambio (ser otro).

3.- ETAPAS DEL PROCESO DE CONVERSIÓN

Sobre la base de estas convicciones se construyó el método que conocemos como Cursillos de Cristiandad, que articula su actuación hacia la persona en tres fases, que denominamos Precursillo, Cursillo y Poscursillo. A través de lo que llamamos Precursillo intentamos ayudar a la persona que busca en su vida el logro de algo que identifica como su felicidad, como su plenitud o como su ideal, para que profundice en su búsqueda, acelere su búsqueda y oriente su búsqueda hacia el verdadero horizonte del encuentro. Con ello procuramos que su previa inquietud, tantas veces angustiada, o asqueada o acallada se perfile como una inquietud sana, recta, sincera e ilusionada.

En los tres días del Cursillo propiamente dicho se intenta, y casi siempre por la gracia de Dios se consigue, que aquella búsqueda cristalice en un triple encuentro (o reencuentro) de la persona consigo mismo, con Cristo y con los demás. Pero no por ello creemos que el hombre ya se ha convertido en cristiano; sabemos y sentimos tan sólo y nada menos que la persona ha iniciado su proceso de conversión -de convergencia- consigo mismo, con Cristo y con los demás seres humanos, que ha de ser un proceso de paz, de alegría y de eficacia, en un entrañable “cuarto día” del cursillo -o Poscursillo-, que durará ya toda su vida.

Es decir: si bien podemos afirmar que de ordinario en el cursillo la persona se ha convertido a Cristo (como a sí mismo y a los demás), sabemos que será durante toda la aventura posterior de su vida, en el Poscursillo, donde tendrá ocasión de convertirse en cristiano -en Cristo- en puridad teológica.

Quizá resulte aquí oportuno un símil que oímos utilizar hace ya muchos años a Don Juan Capó: un cursillista le preguntó en qué consistía eso de la “metanoia”. “Es como volver del revés un calcetín” “-le dijo-” pero ¡ojo! que el calcetín sigue siendo el mismo, con su color y su textura, con sus remiendos y sus rotos. ” Y en esta perspectiva de identidad personal, sabiendo que es necesario y bueno que “el calcetín” (el hombre) siga siendo el mismo, fue construyéndose todo el conjunto de medios y de propuestas que integran el Poscursillo.

El Cursillo es en verdad, y porque así lo quiere el Señor, uno de los pocos medios que facilitan hoy la conversión a Cristo de los alejados, sin que por ello dejen de ser como son ni dejen de estar donde están; pero entre los “hijos fieles” siempre acechará la tentación de cambiar los modos, el estilo, los criterios y hasta el entorno del converso para que asuma los tradicionales comportamientos de los “hombres de Iglesia”.

Lo cierto es que hay quien prefiere un mundo que estuviera lleno de “personas de Iglesia”; nosotros preferimos una “Iglesia de personas”, viva y atractiva en la misma entraña del mundo, donde cada uno dé su nota precisa, desde la libertad, la creatividad y la constancia que la Gracia hace siempre posibles.

4.- EL POSCURSILLO, ETAPA ESENCIAL DEL PROCESO DE CONVERSIÓN

De ahí que el Poscursillo esté pensado para facilitar que los tres encuentros que se han producido en el Cursillo vayan cuajando en otros tantos procesos de amistad: amistad del hombre consigo mismo, con Cristo y con los demás.  Metodológicamente es indudable que la clave para hacer posibles estos tres procesos de amistad, es precisamente el último de ellos -la amistad con los demás-, y dentro de él la
amistad con los otros que integran el nosotros del propio proceso de conversión, es decir, la amistad con los “hermanos”.

5.- LA AMISTAD, CLAVE DEL POSCURSILLO

Nadie se encuentra a sí mismo si no es por similitud y por contraste, al tiempo, con los demás; pero más clave y más claro aún resulta que nadie mantiene consigo mismo esa actitud de aceptación radical y alegre al propio tiempo de anhelo y casi exigencia de mejora y perfección – que identifica la paradoja y la síntesis de la amistad- si no se ve reflejado en las carencias y las grandezas del amigo. Sólo esa vía nos libra de la culpabilización paralizante y de la exculpación alienante a la que tiende el hombre de nuestro siglo de forma cíclica y pendular, y nos sitúa en una perspectiva creciente de propia identidad y construcción: en la vía para ser uno mismo e ir siendo a la vez “más y mejor”.

Este estímulo combinado de propia identidad y construcción lo aporta a nuestro entender toda relación de amistad cuando es auténtica; es decir, cuando la amistad no se instrumentaliza ni se trivializa por parte de ninguno de los dos amigos en presencia. Para el avance del hombre hacia su plenitud real, estas dos líneas de avance, que aquí designamos como propia identidad y construcción, aún no son suficientes. Falta un tercer elemento que permita completar el círculo, que de alguna forma es la vida del hombre, y centrar su eje.

Cuando la amistad se produce entre quienes comparten la certeza de que el sentido de la vida, de la realidad y de la historia es Cristo -que vive en ambos-, a los efectos antedichos de propia identidad y construcción, se añade necesariamente un nuevo componente que
podemos designar como integración activa, consciente y creciente en el Todo.

No creemos necesario dilucidar si solamente a raíz de lo cristiano y entre cristianos se genera este tercer y definitivo factor de la relación de amistad; posiblemente, no. Pero lo que proclamamos -porque nuestra certeza y nuestro gozo de cada día así nos lo exigen- es que cuando la amistad se alumbra, se vive y se cultiva entre cristianos, sí se da esta crucial y tercera dimensión de la integración activa de cada uno en el Todo.

Esta es la dimensión que permite al hombre encontrar, afirmar y afianzar el eje del círculo que es su propia vida: no sólo es él mismo -requisito previo-, sino que sabe quién es, en relación a lo demás y a los demás. Capta tanto su ser -personal- como su esencia -cósmica y trascendente-; afianza su vigor y afirma su valor. Pero ello no es todo aún.

La persona encajada en su verdadero eje es la única que puede proyectarse a la vez armónicamente hacia todas las áreas o zonas de su vivir. Y aún más: precisamente por pivotar sobre su eje verdadero, esta proyección del hombre hacia sus diversos horizontes de crecimiento y plenitud no es forzada ni apenas esforzada, sino que se produce con naturalidad, con normalidad, armónicamente.

Esto no quiere decir que esta persona que pretendemos ser y ayudar a ser, con propia identidad, crecimiento e integración activa en el Todo, no tenga problemas ni se equivoque jamás. Muy al contrario, suele tener más problemas que el hombre medio de su alrededor, porque su libertad interior constituye para muchos casi un reto que les insta a domesticarlo; su crecimiento despierta envidias en unos, afán de utilización de su energía en otros y resistencia a su influjo en otros más, etc. etc.

Pero nuestro hombre ve estos problemas como materiales de su construcción y de su crecimiento y asume sus errores -o sus caídas- precisamente porque se sabe en proceso de conversión y nunca al filo de la meta; y sobre todo, porque comparte con sus amigos su vida desde el mismo sentido de la vida, y sabe que también ellos -a quienes sin duda admira tampoco están libres de problemas ni de errores.

Este es en síntesis el análisis que subyace en la metodología del Poscursillo, en la concepción fundacional de Cursillos y que muchas veces no reconocemos en proclamas que quieren parecer apologéticas de nuestro Movimiento, pero que objetivamente tienden a instrumentalizarlo.

 

6.- DAR OPORTUNIDADES DE AMISTAD

En primer lugar, cuidamos que la persona tenga ocasión de amistad. Ya el propio Cursillo, y aún el Precursillo, son en muchos casos lugar de encuentro entre personas que cuaja en amistad entre ellas; pero básicamente es en el ambiente testimonial de la clausura del cursillo -en muchos lugares agudamente precedido por el sorpresivo despertar alegre y amical de las “mañanitas”- que anuncia e invita a la Ultreya, donde empezará el necesario oteo y ojeo de procesos de amistad.

Es por tanto la Ultreya nuestra metodología específica para que, entre otras cosas, quienes han iniciado su proceso de conversión en un Cursillo puedan establecer auténticas relaciones de amistad con otros que comparten su sentido de la vida. De ahí que descalifiquemos siempre los montajes que pretenden convertir las Ultreyas solamente en actos públicos o colectivos, suprimiendo o restando importancia a las reuniones de grupo previas que la configuran; al igual que hacemos cuando alguien -deliberadamente o por simple  comodidad propugna que las reuniones de grupo con que se inicia la Ultreya sean de componentes fijos o estables, cuando la primera clave de su eficacia es variar cada semana de miembros, originando así que cada vez que se haya conocido y tratado personalmente a alguien -a varios antes desconocidos prácticamente, posibilitando así la “chispa” de un proceso de amistad llamado a impulsar, afianzar y orientar aquel mismo proceso de conversión y todas sus insospechables derivadas.

Junto a la Ultreya, la labor de “rodaje” que sobre el cursillista efectúan tanto quienes le invitaron al cursillo como muy significadamente los que formaron el equipo de dirigentes de su cursillo, hacen de ordinario posible que el converso -o reafirmando su previa conversión- se haga amigo de otros con su mismo sentido de vida.

7.- IMPULSAR GRUPOS DE AMISTAD

Somos conscientes de que, al darse oportunidades de amistad, afloran dos tipos básicos de relación amical: la bilateral y la grupal.

Como método y como movimiento, el Cursillo -el Poscursillo, en concreto- no ignora ni minusvalora las relaciones bilaterales de amistad; pero es consciente de los riesgos de la falta de perspectiva, de inercia compartida y de derivación conjunta que muy a menudo acechan a la mera amistad bilateral. De ahí que apostemos decisivamente por la relación de amistad grupal, por el grupo estable de amigos que lo son “todos de todos”. Sabemos que dentro de ese grupo de amigos verdaderos -entre tres y seis personas, usualmente- habrá quienes, de dos en dos, polaricen una mayor densidad de afinidades y convergencias y pensamos que no sólo es inevitable, sino además muy positivo, porque entonces, con lo dual enmarcado en logrupal, conseguiremos todas las ventajas de ambos tipos de comunicación y facilitaremos que se superen asimismo sus respectivos riesgos.

8.- CARACTERÍSTICAS DEL GRUPO.

PLURALIDAD. Casi nunca el nivel de afinidades en el grupo es tan grande como para que se reproduzcan en él -a escala ampliada los riesgos típicos de la amistad dual: inercia, narcisismo y peculiarismo. Pero no deja de ser posible. Y, en cambio, en el grupo es aún más fuerte que en la amistad a dos, el riesgo del seguidismo, del liderazgo excesivo de uno de sus componentes, que convierta al grupo en un equipo. Todos estos riesgos creemos que quedan adecuadamente neutralizados, con la incardinación del grupo en la Ultreya, que se convierte así, a la vez, en semillero de la creación de grupos y en garantía de sanidad, apertura y vitalidad de los grupos ya existentes.

Pero antes de retornar el papel de la Ultreya en el proceso de conversión que es el Poscursillo en su conjunto, hemos de perfilar algo más el clave papel del grupo estable y, por tanto, de la reunión semanal de grupo dentro de ese Poscursillo.

GRATUIDAD. En Cursillos el grupo no agrupa a sus miembros para que, sino porque. No pretende en absoluto que sus componentes piensen igual sobre todo lo contingente, ni que sientan igual frente a lo que acontece, ni mucho menos que emprendan actuaciones
conjuntas. Aspira tan sólo y nada menos a que los amigos que lo integran pongan en común con frecuencia -semanalmente- lo que cada uno vive por separado, en sus respectivos ambientes. Es compartir lo que se vive y no convivir, la esencia del grupo en nuestra metodología. Y ello frecuentemente se olvida, fomentando liderazgos internos, misiones comunes y reflexiones poco menos que obligadas, que están siempre en contra de la idea germinal de Cursillos: de lo que ha venido en llamarse el carisma fundacional.

Porque “van siendo” cristianos, los integrantes de nuestros grupos desean encarnar el gozoso misterio de la “comunión de los santos” y del Cuerpo Místico de Cristo a escala practicable. Y estas realidades trascendentes explicitan también que el secreto consiste en la conjunción de lo diverso, de lo singular, en un Todo que multiplica exponencialmente el valor de cada uno de sus miembros.

Pero porque, además de “ir siendo” cristianos, son amigos entre sí, esta puesta en común de sus respectivas vivencias singulares -inherente a todo lo evangélico- se hace humana e inmediatamente apetecible, fácil, gozosa y eficaz.

RESPETO. Es así esencial que la actitud dentro del grupo, cuando el amigo cuenta sus experiencias o sus proyectos, no sea nunca la de un dogmático y castizo “no estoy de  acuerdo”, ni un “estás equivocado”, sino la de un evangélico y amical “yo creo que en tu lugar hubiera hecho” o “haría”… y conste que no hablamos de vocabulario, sino de actitud; porque hay quien con palabras duras pero naturales sabe compartir, como abunda el que con palabras suaves no hace sino imponerse o tratar de descalificar.

Lo verdaderamente acorde con la metodología de Cursillos es hacer converger lo vivido con lo vivido y lo proyectado con lo proyectado, de cada uno a los demás miembros del grupo, y no oponer lo vivido por uno a lo sabido por otro o a lo proyectado por alguien ajeno al grupo. Al ras de lo vivido, queda siempre claro que todos somos discípulos, en proceso de conversión, “Agamenón o su porquero”, y que uno sólo es el Señor y el Maestro. Bastantes jerarquizaciones tendrá el cursillista en cada uno de los ambientes en que se mueve en la realidad del mundo -en su empresa, en su familia, en su quehacer cívico e incluso en su diversión- para que le privemos del rincón de igualdad que le supone el grupo, precisamente por su diseño de Evangelio y amistad.

ESTABILIDAD. Para que los grupos -y por tanto las reuniones de grupo-, que son la base del Movimiento de Cursillos, mantengan ese clima interior y ayuden realmente por ello al proceso de conversión de cada uno, entendemos es esencial que mantengan su incardinación en una Ultreya genuina y cuiden su estabilidad. La vocación de estabilidad del grupo de amigos, en cristiano, no es distinta de la que de por sí tienen tales grupos en lo meramente humano: de una parte, se esforzarán en que un problema concreto de comunicación o un bache en el camino, no suponga la desintegración del grupo ni su disolución en tertulia o convención social; pero también la estabilidad servirá para que cuando uno de sus componentes o todos ellos realmente han dejado ya de mantener  la vinculación necesaria se produzca sin traumas el desgajamiento de uno o el del propio grupo, mientras todos procuran que el dejar de estar en “este” grupo, no les suponga quedarse sin reunión de grupo, para lo que, una vez más, la Ultreya es el instrumento que lo posibilita.

LIBERTAD. Frente a un esquema clásico y casi subconsciente entre los católicos “de toda la vida”, según el que al alejado que se convierte -que inicia su conversión- lo necesario es que se le forme intelectualmente, teologalmente, y se organice en su actividad “evangelizadora”, los Cursillos plantean una convicción muy distinta: lo esencial es que al converso se le vaya haciendo fácil, consciente y creciente su proceso de conversión; él tendrá entonces el buen gusto de adecuar su cabeza y su voluntad a lo mejor; pero la clave no es su inteligencia ni su voluntad: es el alma, el hambre de Dios y la santidad, que residen en ese punto central y mágico de la persona, más cerca de su corazón que de otra cosa, pero que trasciende con mucho su mundo de los sentimientos.

Para que lo cristiano no pase, ni pese, ni pise al hombre que intenta vivirlo, no se nos ocurre mejor método, desde la divertida y difícil época en que nos ha tocado vivir. El “ama y haz lo que quieras” de San Agustín, lo recrean nuestros grupos en un “haz lo que quieras y compártelo con tus amigos también cristianos: verás que cada vez lo que tú quieras se parecerá más y más a lo que de ti quiere el Señor, que quiere tu bien y es omnipotente”. Si no creemos en el hombre -en la persona-, no podemos creer en los Cursillos; y si creemos en los Cursillos, nuestra actitud frente al converso de ayer mismo o al que viene convirtiéndose desde décadas, no puede ser otra que la de Cristo tras resucitar a Lázaro, que observando sin duda los excesos de solicitud de los presentes, empeñados en “ayudar” al resucitado limitando sus movimientos y su capacidad de decisión, les dice simplemente: “soltadle y dejadle andar.” Ante tantos que pretenden “ayudarnos”, diciéndonos primero hacia dónde, por dónde, a qué ritmo y con quién tenemos que andar, y que se empeñan en que para andar bien tenemos que aprender fisiología y hasta gimnasia rítmica y litúrgica, la metodología a la vez simple y profunda -y por ello eficaz- de Cursillos, nos recomienda tan sólo que andemos en compañía de hermanos amigos, compartiendo así los gozos y las fatigas del camino.

Es decir, que el método de Cursillos sigue pretendiendo con finalidad propia única y exclusiva, no sólo los tres días del Cursillo, sino después a lo largo de todo el Poscursillo, ser una ayuda decisiva y eficaz al proceso de conversión, que identifica con el triple proceso de amistad ya enunciado: consigo mismo, con Cristo y con los demás.

Hubiéramos podido pensar que después del Cursillo la persona lo que necesita es formación o bien organización o bien proyección en la vida cívica y social; pero pensamos que lo que de veras necesita es vivir en amistad de sus hermanos.

Y que a través de ella, al ritmo y en el rumbo autóctono que en su seno la persona descubra y adquiera, encontrará por motivación realmente personal y evangélica, los cauces de conocimiento y actividad más adecuados. Porque solamente el compartir garantiza en lo posible sus ganas de seguir convirtiéndose, y margina la sensación de los hijos fieles, que por creerse ya convertidos aspiran más a los réditos que al trabajo, o más al trabajo que a su motivación amorosa.

Nuestra experiencia nos dice que conocer y actuar no llevan de por sí a amar y que, en cambio, amar lleva a conocer y actuar. Y que para propiciar el amar, nada mejor para el ser humano de hoy que combinar el amor humano generalizable -que es la amistad- con la actitud de amor trascendente que aporta el que los amigos también quieran ser cristianos.

9.- INTERCONEXIÓN DE LOS GRUPOS: LA ULTREYA

Precisamente porque el grupo de amigos puede derivar en particularismo o convertirse en equipo a las órdenes de quien desde dentro o fuera lo maneje o lo manipule o derivar hacia una mera tertulia bien intencionada, resulta esencial el baño de universalidad y diversidad que supone la Ultreya.

La Ultreya es la reunión de reuniones de grupo. Y a ella afluyen los grupos y sus componentes para lo mismo que acuden a la reunión de grupo: para compartir lo que cada uno y cada grupo vive. No para adquirir conocimientos o recibir instrucciones.

Si el fin de la Ultreya fuera intelectual u organizativo, no podría tener el perfil de universalidad que la define en lo más profundo. Enseguida veríamos que sería mejor reunirse por niveles de cultura, por ambientes de proyección o por cualquier otra dimensión de singularidad. Pero si la finalidad de la Ultreya es, como afirmamos desde la génesis de los Cursillos, que todos y cada uno puedan en medida suficiente compartir lo que los demás viven, para avivarse de continuo, cuanto más amplia es la base estructural de la Ultreya, mejor facilita su eficacia.

Del mismo modo, nunca hemos aceptado que no exista un método para la realización de las reuniones de Ultreya, frente a muchos que opinan que salvada la finalidad todos los métodos son aceptables. Y ello porque vemos que con la mayoría de métodos inerciales entre los católicos, se da un perfil formativo o bien organizativo, a lo que por su esencia es y debe ser vivencial para seguir teniendo potencia de conversión.

A menudo nos quejamos los católicos de estos tiempos, del auge que las sectas están obteniendo entre las gentes más o menos jóvenes y más o menos sencillas, olvidando que es por nuestra carencia de ingenuidad bautismal, del entusiasmo por lo que por ser infinito es también sencillo y del asombro alegre porque Dios nos ama, que muchos están teniendo que buscar fuera de la Iglesia visible lo que tenían pleno derecho a haber encontrado dentro, porque es parte esencial de la heredad de Cristo.

 

Y con ello no queremos afirmar que las Ultreyas deban tener clima iniciático de secta, ni enfocarse hacia el mero cultivo del sentimiento: pero desde luego no deben impedir que lo que se siente se comparta, ni que la alegría desbordante de los hijos de Dios se manifieste.

Por desgracia, se empieza queriendo que la Ultreya “además” de ser el lugar donde se comparte lo vivo, sea plataforma de estudio o de actuación coordinada y, después, sin que apenas alguien -desde una seglaridad más genuina- se dé cuenta, lo intelectual o lo
corporativo sustituyen a lo vivo. Y la Ultreya es precisamente el sensor esencial de este peligro básico para todo el Movimiento de Cursillos. Si las Ultreyas dejan de ser instrumento básico de conversión para ser plataforma de inversión de talentos evangélicos o de diversión de los que se creen mejores, se despueblan lentamente y terminan siendo, como irónicamente ya hemos dicho, el lugar donde se juntan “los más santos, los más tontos y los del último Cursillo”.

En definitiva, la Ultreya genuina es uno de los pocos lugares y ocasiones, donde a la persona en proceso de conversión le es realmente posible percibir que puede ser “lo máximo”, sin ser “más” que los demás.

Esta irrepetible y evangélica sensación sólo puede alcanzarse cuando el centro real es el ser persona y/o el ser cristiano. Pero, por desgracia no es lo frecuente: los mismos que nos hablan de la maravilla de ser persona, suelen no disimular su orgullo -o al menos su satisfacción elitista- de ser, además, persona culta o persona comprometida, lo que equivale a “persona superior” de alguna forma; y los que a menudo nos espolean a ser cristianos, apenas disimulan el alto concepto en que a sí mismos se tienen, porque “además” de simples bautizados, son miembros de tal obra o movimiento y organización o han alcanzado a estudiar y saber lo que los cristianos de a pie ignoramos; y la satisfacción de ser más les impide la alegría de ser mejores.

 

De ahí nuestra porfiada insistencia en que la Ultreya muestre y demuestre en su método y su clima real, que siempre se puede ser mejor persona y mejor cristiano, pero que nunca se puede ser más que persona, ni más que cristiano. En línea con lo que hemos afirmado otras veces, de que el Papa es más importante por ser hijo de Dios que por ser vicario de su Hijo.

10.- VERTEBRACIÓN DE LA ULTREYA: ESCUELA Y SECRETARIADOS

Para que este carácter vital de las Ultreyas no se trueque en simples fuegos de artificio, en espectáculo más que en habitáculo, es esencial que esté vertebrada y potenciada por una Escuela o Grupo de Dirigentes.

Seguramente por un cierto prurito de elitismo, tiende a verse la Escuela de Dirigentes de Cursillos más como un lugar de llegada que como una pista de salida. Pero lo cierto es que las Escuelas tienen que estar abiertas de par en par a todos los que quieren tener algún protagonismo en el ambiente de Cursillos y forman parte viva de una Ultreya y, por tanto, de una reunión de grupo.

Lo esencial es que la Escuela de Dirigentes tenga siempre claro y presente que su función primera y esencial es vertebrar la o las Ultreyas de su ámbito. Y después, muy secundariamente, preparar personas para actuar de dirigente de un Cursillo o bien para organizar los dispositivos de organización y de intendencia espiritual que cada cursillo reclama o bien para facilitar las relaciones del Movimiento, en el lugar y tiempo concretos, con las restantes realidades geográficas del Movimiento de Cursillos o con las restantes realidades que coincidan en el tiempo y espacio y que actúen o digan actuar en la perspectiva del Evangelio o en la dimensión radical de la persona humana.

Una última finalidad agregaríamos, y es la de que las Escuelas sean núcleos de reflexión sobre lo que los Cursillos están siendo y lo que podrán ser en el ámbito concreto de que se trate.

Cualquier otro objetivo que se marquen las Escuelas de Dirigentes, aunque sea en principio tan loable como el de analizar y divulgar los textos del Magisterio Eclesiástico o como el de cubrir necesidades pastorales o de justicia, no son propios de una Escuela de Dirigentes de Cursillos.

Que los que influyen, confluyan: éste es el secreto de las Escuelas. Pero su actividad no será perdurable ni eficaz si los dirigentes incluyen en un determinado sentido o vector de lo cristiano y a un nivel que no sea el realmente asequible y conveniente a todos, que es el de compartir lo que se vive y el de organizar el mínimo “tinglado” necesario para que ese compartir sea real.

De ahí que uno de los grupos de la Escuela, sin perder su coordinación con los demás en plano de igualdad y mediando el acuerdo del Obispo, se constituya en Secretariado, que cuide de la parte material y organizativa del Movimiento: es decir, de la parte menos importante, pero tan precisa como las más preciosas.

Y lo aquí descrito para el ámbito de una diócesis, valga también para ámbitos mayores, al amparo de Conferencias Episcopales o de la jurisdicción universal del sucesor de Pedro.

11.- RECAPITULACIÓN

Queda así descrito, en síntesis, el procedimiento de validez general más sencillo y eficaz que conocemos para facilitar al hombre de nuestro tiempo su proceso de conversión; procedimiento o método que denominamos -entendiendo que con poca precisión y escaso
sentido del presente- “Cursillos de Cristiandad”.

Obedece por tanto el método a una psicopedagogía de la conversión, entendida como proceso y no como acto, y no está elaborado como un montaje de manipulación de las personas, sino muy al contrario, como exteriorización sistematizada de la realidad interior, vivida de dentro a fuera en todos los procesos contemporáneos íntegramente evangélicos y evangelizadores que conocemos.

El método de Cursillos, por tanto, se centra en potenciar la amistad con los demás que integran el “nosotros” de quienes se van encontrando consigo mismos, con Cristo y con los demás.

Pero el mensaje que el método impulsa va mucho más allá y supone una llamada consciente, continua y creciente a una mayor identificación de la persona consigo misma, con Cristo y con las demás personas en búsqueda, que aún no integran el “nosotros” evangélico que deseamos, al menos a sabiendas. Procesos de identificación, todos ellos, que sólo pueden darse plenamente por la vía de la amistad.

12.- PROYECCIÓN EN EL MUNDO: LOS AMBIENTES

De aquellas dimensiones básicas del proceso de conversión, nos centramos ahora en la que frecuentemente queda más desdibujada, cuando no manipulada: la proyección del cursillista hacia los demás, en sus ambientes.

Que la metodología evangelizadora de los Cursillos pasa por la acción ambiental de los cursillistas es algo muchas veces repetido, pero quizá poco precisado.

Cuando afirmamos que el cursillista debe centrar su acción evangelizadora en sus ambientes, queremos decir que -salvo casos singularísimos- la persona que ha iniciado o reafirmado su proceso de conversión en un Cursillo, es llamada a centrar su proyección evangelizadora en los campos de actividad y los círculos de amistad o convivencia donde ya se movía antes de ir al Cursillo: su familia, su trabajo, sus clubes o grupos de ocio o de quehacer extra laboral, etc. y no en otros ámbitos nuevos donde “aterrice” ya como cristiano.

Cuando hablamos de acción ambiental como la característica del cursillista, queremos decir que la acción primordial -y a menudo exclusiva- que impulsamos, es una acción intramundana, no intra eclesial. Ni siquiera deseamos que mantenga una dedicación excesiva hacia el propio ambiente o Movimiento de Cursillos, que pueda oscurecerle la prioridad seglar de proyectar amistad en sus ambientes laicos de procedencia; en esta línea, nos supone una alegría haber alertado casi desde la primera hora, de que uno de los peligros de nuestra actividad es el “cursillismo”, o beatería de nosotros. Un eclesiástico ajeno a los Cursillos se sorprendía de este aspecto y nos señalaba que a su entender era el primer movimiento de Iglesia que advertía a sus “fieles” del riesgo de ser demasiado “fieles” al mismo: lo comprendió cuando recordamos con él la advertencia del Apóstol de no ser santo de Pedro, o de Pablo, o de Apolo, como de Cristo Jesús.

Pero, si en general se comprende que remitimos el cursillista a sus círculos de procedencia y a sus realidades laicales o “mundanales”, es sin embargo muy frecuente que no se entienda ni el concepto que los Cursillos tienen de lo que es un “ambiente”, ni el contenido de lo que es la fermentación y la vertebración cristiana de los ambientes, en el mensaje de Cursillos.

La distinción entre lo que es un ambiente y lo que es una estructura resulta esencial, pero no es siempre percibida y muchos desean que a través de Cursillos se conviertan quienes ostentan el poder en las estructuras humanas, ya por vía de mando, ya por vía de influencia (o los jefes, o las élites), y no quienes en ellos capilarizan una mayor densidad de relaciones de amistad, que pueden o no ser jefes o élites, pero que por lo general no coinciden.

Otras veces se confunde el ambiente con el “clima” de cualquier colectivo: pocas cosas más lejos de lo que los Cursillos entienden por ambiente, que identificarlo con el sentimiento colectivo predominante en un determinado lugar y tiempo.

Pero, pese a ello, oímos hablar con frecuencia de “animadores” de sus ambientes, como si el cursillista fuera llamado a crear euforia o acallar legítimas tensiones o hacer olvidar legítimos dolores en su entorno. Nada que sea contrario a la verdad es conforme a Cursillos.

Porque profundizando en este espejismo de la animación de los ambientes, abocaríamos en uno de los cuatro panoramas que constituyen a nuestro entender las antípodas de un ambiente realmente fermentado y vertebrado en cristiano: -o generábamos una verdadera
alienación colectiva, en la que las personas no se plantean sus verdaderos problemas, sino sustituciones mágicas de su problemática y apasionante realidad.

Los “pobres” habrían de agradecer tener salud y los enfermos no ser gente de responsabilidades y, así sucesivamente, hasta que el papel de cada uno en la vida se identifica con el no asumir la vertiente problemática del mismo; -o bien, en segundo lugar, propiciábamos una sublimación de la realidad, antítesis de lo seglar. Los que sienten dolor o injusticia, habrían de pensar que lo importante es el propio sacrificio, que tendría sentido en función de la patria, de la clase social o del más allá o de cualquier otra dimensión inconstatable; -o incluso, tenderíamos a crear una sociedad de mera apariencia, donde cada uno podría vivir en su fuero interno o en su vida rigurosamente privada como en gana le viniese, siempre que sus comportamientos con trascendencia colectiva visible se ajustaran a lo que en nombre de pretendidos evangelios se considera bueno y exigible; -o bien, finalmente y aún más allá, dejaríamos de preocuparnos de que esos comportamientos externos fueran siquiera mínimamente sinceros o asumidos y conformaríamos una sociedad basada en la hipocresía de una pretendida nueva inculturización cristiana, donde el parecer sustituyera al ser y el hacer al vivir.

Frente a todas estas concepciones de la fermentación de los ambientes, la que late en Cursillos es de raigambre transformadora de la historia, cuya clave descubre en la suma de vectores interpersonales de una circunstancia.

Uno de los más agudos pensadores de este siglo, Ortega y Gasset, afirmó aquello de que no puede entenderse al hombre -al ser humano-, sino tan sólo al “hombre y su circunstancia”: la persona es ella y su circunstancia, siempre. Pues bien, los Cursillos cuando hablan de ambiente a transformar, no entienden por ambiente ni la estructura, ni el clima, ni la cultura de una circunstancia. Para nosotros el ambiente es “la circunstancia y sus personas”.

Porque creemos que las personas son la única clave real y evangélicamente transformadora, de dentro afuera, de cada circunstancia, y de la circunstancia global que es la historia.

Cultivando lo que son las relaciones realmente interpersonales dentro de cada circunstancia y la más viva de estas relaciones que es la amistad, generaremos el Precursillo exacto que un día -el que el Señor quiera y nosotros hayamos hecho posible- se transforma para el mundo en la Epifanía de un encuentro, que -como la conversión de cada uno- no será sino el inicio esperanzado de una conversión abierta, larga y fecunda.

No tenemos recetas para cambiar la historia, pero tenemos la convicción, la ilusión y la constancia precisas para, desde nuestro proceso de conversión convergente, cambiar en amistad el signo de la historia.

Eduardo Bonnín

Francisco Forteza

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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